Así transcurrió la quieta mañana, y al final de ella el mensajero de Kim bajó del empinado pastizal tan fresco como cuando había partido.
—Le mandé recado al hakim —explicó Kim, mientras le hacía una reverencia.
“¿Se unió a los idólatras? No, recuerdo que curó a uno de ellos. Ha adquirido mérito, aunque el curado haya empleado su fuerza para el mal. ¡Justa es la Rueda! ¿Qué hay del hakim?”
—Temí que estuvieras magullado y—y sabía que él era prudente.
Kim tomó la cáscara de nuez encerada y leyó en inglés al dorso de su nota:
«Recibido su atenta. Imposible librarme de la actual compañía por el momento, pero los llevaré a Simla. Después de lo cual, espero reunirme con usted. Inconveniente seguir a caballeros enojados. Regrese por el mismo camino que vino y lo alcanzaré. Sumamente complacido por la correspondencia debida a mi previsión».
—Dice, Santo, que escapará de los idólatras y volverá con nosotros. ¿Esperaremos un poco en Shamlegh, entonces?
El lama miró larga y amorosamente las colinas y sacudió la cabeza.
“Eso no puede ser, chela. Desde mis huesos hacia afuera lo deseo, pero está prohibido. He visto la Causa de las Cosas.”
—¿Por qué? ¿Acaso las Colinas no te devuelven las fuerzas día tras día? Recuerda que éramos débiles y desfallecíamos allá abajo en el Doon.
“Me hice fuerte para obrar el mal y para olvidar. Pendenciero y espadachín en las laderas fui”. Kim reprimió una sonrisa.