Luego lo hicieron marchar de regreso, al cuidado de un tamborileros, hacia unos barracones vacíos y blanqueados con cal, cuyos pisos estaban cubiertos de basura, cordeles y papeles, y cuyos techos devolvían el eco de sus solitarios pasos. A la usanza nativa, se acurrucó en una camilla desprovista de colchón y se quedó dormido.
Un hombre enfadado dio fuertes pisadas por la galería, lo despertó y le dijo que era maestro de escuela. Esto le bastó a Kim, quien se encerró en su concha. Apenas lograba descifrar los diversos avisos de la policía inglesa en la ciudad de Lahore, porque afectaban su comodidad; y entre los muchos huéspedes de la mujer que cuidaba de él había habido un excéntrico alemán que pintaba decorados para el teatro itinerante parsi. Este le había dicho a Kim que había estado «en las barricadas del cuarenta y ocho» y por eso —o al menos así lo entendió Kim— le enseñaría al muchacho a escribir a cambio de comida. A Kim lo habían pateado hasta llegar a las letras sueltas, pero no tenía una buena opinión de ellas.
—No sé nada. ¡Vete! —dijo Kim, presintiendo algo malo. A continuación, el hombre lo cogió de la oreja, lo arrastró hasta una habitación en un ala apartada donde una docena de tambores estaban sentados en unos bancos, y le mandó que se estuviera quieto si no era capaz de hacer otra cosa. Esto logró hacerlo con gran éxito. El hombre explicó no sé qué cosa con líneas blancas en una pizarra durante al menos media hora, y Kim continuó su interrumpida siesta. Desaprobaba enormemente el cariz actual de los acontecimientos, pues aquella era precisamente la escuela y la disciplina que se habíapasadobienosegundosterciosdesu joven vida intentando evitar. De