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XII. El mar y las colinas

—¡Hai mai! —dijo la anciana—. Alabar a los niños trae mala suerte, si no, podría escuchar esta charla. Pero la parte trasera de la casa está desprotegida, y aun en este aire suave los hombres se creen hombres, y a las mujeres ya las conocemos… El padre del niño también está ausente, y debo hacer de chowkedar en mi vejez. ¡Arriba! ¡Arriba! Levantad el palanquín. Que el hakim y el joven sacerdote decidan entre ellos si sirven más los amuletos o la medicina. ¡Eh, gente inútil!, traed tabaco para los invitados y... ¡voy a dar la vuelta a la casa!

El palanquín se alejó tambaleándose, seguido de antorchas dispersas y una horda de perros. Veinte aldeas conocían a la Sahiba: sus defectos, su lengua y su gran generosidad. Veinte aldeas la engañaban según una costumbre inmemorial, pero ningún hombre habría robado ni hurtado dentro de su jurisdicción por ningún regalo bajo el cielo. A pesar de todo, hacía gran gala de sus inspecciones formales, cuyo alboroto se podía escuchar hasta a mitad de camino de Mussoorie.

Kim se relajó, como debe hacerlo un arúspice cuando se encuentra con otro. El hakim, todavía en cuclillas, acercó su narguile con pie amistoso, y Kim dio una calada a la buena hierba. Los parásitos esperaban un debate profesional serio y, tal vez, un poco de medicina gratuita.

—Discutir sobre medicina ante los ignorantes es lo mismo que enseñarle al pavo real a cantar —dijo el hakim.

—La verdadera cortesía —hizo eco Kim— es muy a menudo la desatención.

Estos, hágase la salvedad, eran modales de visita, diseñados para impresionar.

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