Fue un buen contragolpe. El inglés levantó la mano con el gesto de un hombre tocado en un duelo de esgrima. Ella se echó a reír y asintió.
“¿Es este un rostro para apartar la virtud del buen camino?”
Ella retiró todo el velo y lo miró fijamente.
No era ni mucho menos hermosa, pero mientras el hombre recogía las riendas la llamó Luna del Paraíso, Perturbadora de la Honradez y le endilgó otros cuantos epítetos fantásticos que la doblaron de risa.
—Eso es un nut-cut —dijo—. Todos los agentes de policía son nut-cuts; pero los police-wallahs son los peores. ¡Ay, hijo mío!, nunca habrás aprendido todo eso desde que viniste de Belait. ¿Quién te amamantó?
“Una pahareen —una serrana de Dalhousie, mi madre. Guarda tu hermosura bajo la sombra—¡oh, Dispensador de Delicias!”, y se fue.
“Estos son los que” —adoptó un tono de juez estricto y se llenó la boca de pan—: “Estos son los que deben velar por la justicia. Conocen la tierra y las costumbres de la tierra. Los otros, todos recién llegados de Europa, criados por mujeres blancas y que aprenden nuestras lenguas en los libros, son peores que la peste. Le hacen daño a los Reyes”.
Luego le contó al mundo entero una historia larga, larguísima, sobre un joven policía ignorante que había molestado a cierto pequeño Rajah de las Colinas, noveno primo suyo, por un asunto trivial de tierras, para rematar con una cita de una obra que no tenía nada de devota.
Luego su estado de ánimo cambió y ordenó a uno de los escoltas que le preguntara al lama si quería caminar a su lado y hablar de religión. Así que Kim volvió a caer en el polvo y regresó a su caña de azúcar.