“¡Esto está bien! ¡Esto es lo mejor! ¡Mister O’Hara! usted ha—¡ja! ¡ja!—robado todo el arsenal: cerrojos, culatas y cañones. ¡Me dijeron que eran ocho meses de trabajo tirados por la borda! ¡Por Júpiter, cómo me han superado! … Mire, ¡aquí está la carta de Hilás!”.
entonó un verso o dos de persa cortesano, que es el idioma de la diplomacia autorizada y no autorizada. “Mister Rajah Sahib prácticamente ha metido la pata hasta el fondo. Tendrá que explicar oficiosamente cómo diablos se le ocurre escribir cartas de amor al Zar. Y son mapas muy inteligentes … y hay tres o cuatro primeros ministros de estas regiones implicados en la correspondencia. ¡Por Dios, señor! ¡El Gobierno británico va a cambiar la sucesión en Hilás y Bunár, y a nombrar nuevos herederos al trono! ‘¡Traición de lo más vil!’ … pero ¿no comprende? ¿Eh?”.
—¿Están en tus manos? —dijo Kim. Era lo único que le importaba.
“Puedes apostar a que sí lo están”. Guardó todo el tesoro alrededor de su cuerpo, como solo los orientales saben hacerlo. “También van a subir a la oficina. La anciana cree que soy parte del mobiliario aquí, pero me iré con esto ahora mismo, de inmediato. El señor Lurgan será un hombre orgulloso. Estás ofisialmente subordinado a mí, pero incluiré tu nombre en mi informe verbal. Es una pena que no se nos permitan informes escritos. Los bengalíes sobresalimos en la ciencia exacta”. Arrojó la llave de vuelta y mostró la caja vacía.
“Bien. Eso es bueno. Estaba muy cansado. Mi Santo también estaba enfermo. ¿Y cayó en...?”