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VIII

tu fuga. Pues, oh Amigo de todo el Mundo” —se aflojó el cinto crujiente—, “no creo que sea frecuente que un Sahib y el hijo de un Sahib se escapen de allí”.

—¿Cómo iban a saberlo? No conocen la tierra. No fue nada —dijo Kim, y comenzó su relato. Cuando llegó a los disfraces y a la entrevista con la muchacha en el bazar, la seriedad de Mahbub Ali se desvaneció. Soltó una carcajada y se golpeó el muslo con la mano.

“¡Shabash! ¡Shabash! ¡Oh, muy bien hecho, pequeño! ¿Qué dirá el curandero de turquesas a esto? Ahora, lentamente, déjanos oír lo que sucedió después, paso a paso, sin omitir nada”.

Paso a paso, pues, Kim relató sus aventuras entre tosidos, a medida que el tabaco de sabor intenso le llenaba los pulmones.

—Dije —gruñó Mahbub Ali para sus adentros—, dije que era el poni que se escapaba para jugar al polo. El fruto ya está maduro..., solo que él tiene que aprender sus distancias y sus aires, sus varas y sus compases. Escucha ahora. He desviado el látigo del coronel de tu pellejo, y eso no es un servicio pequeño.

—Es verdad. —Kim dio una calada serena—. Es verdad.

“Pero no ha de pensarse que este entrar y salir sea de algún modo bueno.”

“Era mis vacaciones, Hayyí. Fui esclavo durante muchas semanas. ¿Por qué no habría de huir cuando la escuela estaba cerrada? Mire también cómo yo, viviendo de mis amigos o ganándome el pan con el sudor de mi frente, como hice con el sikh, le he ahorrado un gran gasto al coronel sahib”.

Los labios de Mahbub se contrajeron bajo su bien recortado bigote mahometano.

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