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XV. El soñador cuyo sueño se hizo realidad

un sahib. Soy tu chela, y mi cabeza me pesa sobre los hombros.

“¡Un poco de paciencia! Llegamos a la Libertad juntos. Entonces tú y yo, en la otra orilla del Río, contemplaremos nuestras vidas como en las Colinas veíamos nuestras jornadas de marcha extendidas a nuestras espaldas. Tal vez yo fui una vez un Sahib”.

“Jamás hubo un Sahib como tú, te lo juro.”

“Estoy seguro de que el Custodio de las Imágenes en la Casa de las Maravillas fue en otra vida un abad muy sabio. Pero ni siquiera sus anteojos logran que mis ojos vean. Caen sombras cuando quiero mirar fijamente. No importa; conocemos los trucos del pobre y estúpido cuerpo: una sombra que se transforma en otra sombra. Estoy atado a la ilusión del Tiempo y del Espacio. ¿Cuán lejos llegamos hoy en la carne?”

“Tal vez medio kos”. Tres cuartos de milla, y fue una marcha agotadora.

“Medio kós. ¡Ja! Recorrí diez mil veces diez mil en espíritu. Cómo estamos todos envueltos, fajados y empaquetados en estas cosas insensatas”.

Miró su mano delgada de venas azules que encontraba el rosario tan pesado. —Chela, ¿nunca has tenido el deseo de dejarme?

Kim pensó en el paquete de tela encerada y en los libros que llevaba en la bolsa de comida. Si alguien debidamente autorizado se hiciera cargo de ellos, el Gran Juego podría jugarse solo por todo lo que a él entonces le importaba. Estaba cansado y tenía la cabeza afiebrada, y una tos que le nacía en el estómago lo preocupaba.

—No —dijo casi con severidad—. No soy un perro ni una serpiente para morder cuando he aprendido a amar.

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