Aquí el lama tosió y se incorporó, tanteando en busca del rosario.
—No habrá muertes —murmuró—. ¡Justa es la Rueda! El mal sobre el mal...
—No, Santo. Estamos todos aquí. —El hombre de Ao-chung se frotó tímidamente los pies—. A menos que sea por tu orden, nadie será asesinado. Descansa un poco. Haremos un pequeño campamento aquí y más tarde, cuando salga la luna, iremos a Shamlegh-bajo-la-Nieve.
“Tras un golpe —dijo sentenciosamente un hombre de Spiti—, lo mejor es dormir”.
“Hay, por decirlo así, un mareo en la nuca, y un pellizco en ella. Déjame apoyar la cabeza en tu regazo, chela... Soy un viejo, pero no estoy libre de pasiones... Debemos pensar en la Causa de las Cosas”.
“Dale una manta. No nos atrevemos a encender un fuego no sea que los Sahibs lo vean”.
—Más vale que huyamos a Shamlegh. Nadie nos seguirá a Shamlegh.
Este era el nervioso hombre de Rampur.
—He sido el shikarri de Fostum Sahib y soy el shikarri de Yankling Sahib. Debería estar con Yankling Sahib ahora de no ser por este maldito beegar. Que dos hombres vigilen abajo con las armas no sea que los Sahibs cometan más tonterías. Yo no voy a abandonar a este Santo.
Se sentaron un poco apartados del lama y, tras escuchar un rato, se pasaron una pipa de agua cuyo recipiente era un viejo frasco de betún Day and Martin. El fulgor del carbón rojo, al pasar de mano en mano, iluminaba los ojos pequeños y parpadeantes, los altos pómulos chinos y los cuellos de toro que se fundían en los oscuros pliegues de lana bastos de los hombros.