«¡Ah! That is the question, como dice Shakespeare. Vengo a felicitarle por su extraordinaria y efiicaz actuación en Delhi. ¡Oah! Se lo digo yo, todos estamos orgullosos de usted. Ha estado muy bién y a mano. Nuestro amigo mutuo, es viejo amigo mío. Se ha visto en algunos apuros de los gordos. Ahora se verá en algunos más. Él me lo dijo; yo se lo digo al señor Lurgan; y a él le complace que se haya graduado tan agradablemente. Todo el Departamento está complacido».
Por primera vez en su vida, Kim se estremeció con el orgullo limpio (que no deja de ser un foso mortal) de los elogios departamentales: elogios cautivadores de un igual por un trabajo apreciado por los compañeros. La tierra no tiene nada en el mismo plano que se le compare. Pero, exclamaba el oriental que llevaba dentro, los babús no viajan lejos para andarse con cumplidos.
—Cuenta tu historia, Babu —dijo con autoridad.
“Oah, no es nada. Sólo que yo estaba en Simla cuando llegó el telegrama sobre lo que nuestro amigo en común dijo que había escondido, y el viejo Creighton—”
Miró para ver cómo tomaría Kim este acto de audacia.
“El coronel Sahib”, le corrigió el muchacho del colegio de St. Xavier.
—Por supuesto. Me pilló sin nada que hacer, y tuve que bajar a Chitor para encontrar esa maldita carta. No me gusta el Sur; demasiados viajes en tren, pero me dieron una buena asignación de viaje. ¡Ja, ja! Me reuní con nuestro mutuo amigo en Delhi en el viaje de vuelta. Está muy tranquilo ahora, y dice que el disfraz de saddhu le sienta como anillo al dedo. Bueno, allí me enteré de lo que has hecho tan bien, tan rápido, en el acto y sin pensarlo. ¡Le digo a nuestro mutuo amigo que te llevas el premio gordo, por Júpiter! Fue espléndido. Vine a decírtelo.
“¡Mjum!”