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VIII

—¿He sido un estorbo hasta ahora? —dijo Kim con una risita de muchacho.

—No des respuestas —gruñó Mahbub—. Eres mi nuevo muchacho de cuadra. Ve y acuéstate entre mis hombres. Están cerca del extremo norte de la estación, con los caballos.

“Me ganarán de mano en el extremo sur de la estación si voy sin autorización”.

Mahbub metió la mano en el cinto, mojó su pulgar en una pastilla de tinta china y plasmó la impresión en un trozo de papel nativo y suave.

Desde Balj hasta Bombay, los hombres conocen esa huella de crestas rugosas con la vieja cicatriz que la atraviesa en diagonal.

“Eso es suficiente para enseñárselo a mi jefe. Vengo por la mañana”.

—¿Por qué camino? —dijo Kim.

—Por el camino que sale de la ciudad. No hay más que uno, y luego volveremos con Creighton Sahib. Te he ahorrado una paliza.

“¡Alá! ¿Qué es una paliza cuando la cabeza misma anda suelta sobre los hombros?”

Kim se deslizó silenciosamente hacia la noche, dio media vuelta a la casa, pegándose a las paredes, y se alejó de la estación durante una milla más o menos.

Luego, dando un amplio rodeo, regresó sin prisa, pues necesitaba tiempo para inventar una historia por si alguno de los sirvientes de Mahbub hacía preguntas.

Estaban acampados en un terreno baldío junto a las vías, y, como eran nativos, por supuesto no habían descargado los dos vagones en los que

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