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III

Pasó a un pie de la cabeza en crestada de la cobra. Esta se aplanó entre los polvorientos anillos.

“¡Ven tú!”, llamó por encima del hombro.

“Yo no”, dijo Kim. “Yo voy dando la vuelta”.

“Ven. No hace daño”.

Kim vaciló un momento. El lama respaldó su orden con una cita china salmodiada que Kim tomó por un conjuro. Obedeció y saltó al otro lado del arroyo, y la serpiente, en verdad, no hizo ningún movimiento.

—Jamás he visto a un hombre semejante —Kim se secó el sudor de la frente—. Y ahora, ¿adónde vamos?

“Eso te toca decirlo a ti. Soy viejo y un extraño, lejos de mi propia tierra. Pero a no ser porque el carruaje de los rêl me llena la cabeza con ruidos de tambores diabólicos, iría en él a Benarés ahora mismo… Y sin embargo, al ir así podríamos perder el Río. Busquemos otro río”.

Donde la tierra trabajada con esfuerzo da tres y hasta cuatro cosechas al año —a través de parcelas de caña de azúcar, tabaco, largos rábanos blancos y nol-kol—, caminaron durante todo ese día, desviándose hacia cada atisbo de agua; despertando a los perros de los pueblos y a los pueblos adormecidos al mediodía; el lama respondiendo a la andanada de preguntas con una sencillez inquebrantable.

Buscaban un Río: un Río de curación milagrosa. ¿Alguien tenía conocimiento de semejante corriente?

A veces los hombres se reían, pero más a menudo escuchaban el relato hasta el final y les ofrecían un lugar a la sombra, un trago de leche y comida. Las mujeres siempre eran amables, y los niños pequeños, como los niños en todo el mundo, alternativamente tímidos y atrevidos.

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