que avanza por los montes—las cumbres del alto Taigeto o las laderas de Erimanto—, persigue jubilosa jabalíes y ágiles ciervos, y en torno a ella retozan en tropel las ninfas del campo, el corazón de Latona se alegra, pues por encima de todas sobresalen la cabeza y la frente de su hija, y al punto es reconocida entre ellas, aunque todas son hermosas, tal era esta virgen inmaculada en medio de sus
Mas ya dispuestos a volver al hogar, uncidas las mulas y con los espléndidos mantos cuidadosamente doblados, pensó en esto la doncella de ojos glaucos, Palas: en despertar a Ulises y guiarlo para que viera a la virgen de ojos brillantes, a fin de que ella mostrara al forastero el camino a la ciudad de los feacios. La hija del rey arrojó la pelota a una criada; esta erró el tiro y cayó al río, donde giraba un profundo remolino. Todas gritaron con fuerza. El gran Ulises despertó de su sueño, se sentó erguido y reflexionó para sus adentros: