hacerlo— para que llegue sano y salvo a su tierra natal y, en sus naves, los pretendientes emprendan de regreso el camino a
Él habló, y se volvió a Hermes, su amado hijo:— «Hermes—pues tú eres mi mensajero en esto, como en todo—a la ninfa de trenzas rubias hazle saber mi firme propósito—el regreso del sufrido Ulises. Ni dioses ni hombres guiarán su viaje. En una balsa, hecha firme con ligaduras, partirá y llegará, tras largas fatigas, al vigésimo día, a la fértil costa de Esqueria, en cuya isla moran los feacios, parientes de los dioses. Ellos como a un dios le honrarán, y desde allí le enviarán a su amada patria en una nave, con generosos dones de bronce y oro, y provisión de vestidos—riqueza como jamás él habría traído de la conquistada Ilión, de haber llegado a su hogar a salvo, con toda su porción del botín. Así está preordenado que él contemple a sus amigos de nuevo, y se halle una vez más dentro de su palacio de altos techos, en su suelo natal».
Habló; obedeció el heraldo matador de Argos, y apresurado ató bajo sus pies las bellas y ambrosiales sandalias de oro, usadas para llevarlo sobre el océano como el viento, y sobre la tierra sin límites.
Tomó su vara, con la que suavemente sella los ojos de los hombres y los abre a voluntad del sueño. Con esto en la mano, el poderoso exterminador de Argos voló, y posándose en Pieria, desde el cielo se precipitará hacia lo hondo, y rozó la superficie como una gaviota cernidora que en los amplios golfos del mar infructuoso busca su presa y a menudo moja sus alas en la salmuera; así voló Hermes por el yermo de las olas.
Mas cuando a aquella isla, lejos de allí, llegó, saliendo de la oscura resaca oceánica pisó la playa, y caminó hasta llegar a la inmensa cueva en la que habitaba la ninfa de hermosos cabellos. La halló en su interior; un fuego ardía vivamente en el hogar, y a lo lejos se esparcía por la isla el humo