Al mediodía emergió el anciano vidente y encontró sus bien alimentados lobos marinos. Yendo sobre todos ellos, los contó, a nosotros entre el resto, sin sospechar del engaño, y luego se tendió a descansar. Nos abalanzamos con gritos sobre él de repente, y en nuestros brazos lo atrapamos; ni olvidó el anciano vidente sus ardides; y primero adoptó la forma de un león barbado, de una serpiente después, luego de una pantera, luego de un enorme jabalí, luego se volvió agua corriente, luego se convirtió en un árbol alto lleno de hojas. Con corazones resueltos lo retuvimos con fuerza, hasta que el anciano vidente se vio agotado, a pesar de todas sus astucias, y por fin me habló y dijo:—
—«¡Oh, hijo de Atreo! ¿Cuál de los dioses te ha enseñado a prenderme en esta red, muy a pesar mío? ¿Qué es lo que quieres?»
—Hablé; y él me respondió:
«Anciano profeta, bien sabes tú. ¿Por qué indagas con engaño? Es que me tienen prisionero desde hace mucho en esta isla, y en vano busco los medios de escapar, y el dolor consume mi corazón. Ahora —puesto que los dioses lo saben todo— dime esto, qué deidad es la que, obstaculizando así mi travesía, me retiene aquí, y dime cómo cruzar el mar poblado de peces y llegar a mi hogar».
«Tales fueron mis palabras, y él en respuesta dijo: — "Mas tú a Jove y a los demás dioses debieras haber ofrecido primero un sacrificio aceptable, y haberte embarcado entonces para alcanzar con presteza tu patria a través del mar azul oscuro. Mas no es tu destino ver de nuevo a tus amigos, tu suntuoso palacio y la tierra que vio tu nacimiento, hasta que estés una vez más junto al río que por Egipto fluye de parte de Jove, y ofrezcas hecatombes sagradas a los dioses siempre vivientes que habitan el cielo sin límites, y ellos te guiarán velozmente en el viaje que anhelas emprender"».