Ulises, el sagaz, respondió así:
«Amada esposa, ¿por qué preguntas? ¿Por qué me apremias de tal modo? Sin embargo, te diré la verdad y no te ocultaré nada, aunque no lo oigas con agrado ni yo guste de relatarlo. Tiresias me mandó recorrer ciudad tras ciudad hasta encontrar un pueblo que no conoce el mar ni come sus alimentos con sal, que jamás ha contemplado la galera de proa roja ni los bien labrados remos que son las alas de las naves. Y me dio esta clara señal —que no te ocultaré—: cuando otro viajero con el que me encuentre me diga que llevo un bieldo sobre mi robusto hombro, allí me mandó clavar el remo en la tierra e inmolar al soberano Neptuno un carnero, un toro y un poderoso jabalí, y luego, al regresar a casa, quemar sagradas hecatombes a todos los dioses que habitan el ancho cielo, a cada uno por su turno. Por fin la muerte vendrá sobre mí, lejos del océano, una muerte tal que pacíficamente me arrebatará en una serena vejez, en medio de un pueblo próspero y contento. Todo esto, dijo el profeta, ha de cumplirse».
Y entonces la prudente Penélope replicó:
«Si de este modo los inmortales hacen que tu vejez sea más dichosa, hay esperanza de que encuentres refugio contra el mal en los años venideros».