Así cantaba el ilustre Demódoco; su música hizo derramar lágrimas a Ulises, de cuyos párpados cayeron estas mojando sus mejillas. Como cuando una mujer llora a su amado esposo, abatido ante su ciudad y su pueblo, mientras lucha por defenderlos a ellos y a sus queridos hijos de un daño mortal, ella lo ve exhalar el último suspiro y morir, y al verlo cae con gritos desgarradores sobre su cadáver, mientras los vencedores la golpean en la espalda y en los hombros con sus lanzas y se la llevan a sufrir y penar en la esclavitud, donde sus mejillas, en medio de ese largo y amargo dolor, pierden su lozanía; así de los párpados de Ulises cayeron lágrimas, aunque cayeron desapercibidas para todos salvo para Alcínoos, que sentado a su lado las vio, y escuchó sus profundos suspiros, y de este modo habló a su pueblo, experto en el manejo del remo:—
“Príncipes y caudillos del linaje feacio, escuchad. Dejad ahora que Demódoco deponga su lira de claros tonos. La materia de su canto no complace a todos por igual. Desde que nos sentamos a la mesa, y desde que nuestro noble aedo comenzó su poema, nuestro huésped no ha cesado de afligirse; una gran pesadumbre abruma su corazón. Que se detenga ahora el aedo para que todos podamos disfrutar del banquete, tanto nuestro huésped como nosotros que le damos la bienvenida, pues así conviene.
Y ya está todo preparado ya para nuestro digno huésped: la escolta y los presentes, prendas de nuestra afectuosa consideración. Un huésped, un suplicante, es un hermano, aun para aquel que alberga un corazón difícil de conmoverse. No retengas por más tiempo con arte premeditado lo que voy a preguntarte; mucho mejor sería hablar con franqueza. Dime el nombre que te dio tu madre, tu padre y todos aquellos que habitan dentro y en