“Príncipes y jefes de los feacios, escuchad, que hablo como el corazón me lo manda.
Ya que el banquete ha terminado, descansad en vuestros hogares.
Mañana serán convocados los senadores en asamblea más numerosa.
Rrendiremos a nuestro huésped el debido honor en el palacio, venerando a los dioses con solemne sacrificio.
Y entonces pensaremos en cómo enviarlo a casa, para que, sin impedimento ni fatiga alguna bajo nuestra escolta, llegue de nuevo con alegría y rapidez a su tierra natal, aunque lejos se halle, y para que ningún daño ni pérdida le ocurra antes de poner el pie en su suelo; y allí habrá de soportar lo que, cuando su madre lo trajo al mundo, el Destino y las implacables Hermanas hilaron para el recién nacido.
Mas si resulta ser uno de los inmortales que ha venido del cielo, entonces los dioses traman un designio diferente.
Porque hasta ahora los dioses se han mostrado visiblemente en nuestras solemnes hecatombes, y se han sentado con nosotros, y han banqueteado como nosotros, y cuando el viajero se encuentra con ellos a solas, nunca se ocultan; pues nosotros somos parientes muy cercanos de ellos, tan cercanos como lo es la raza de los Ciclopes y la salvaje estirpe de los gigantes”.
Ulises el sagaz le respondió:— «No, Alcínoo, no pienses tal. No soy en forma ni aspecto como los inmortales, cuya morada es el amplio cielo. Mas soy como cualquiera que puedas conocer de entre los hombres, habituado al sufrimiento; con ellos debes compararme. Podría hablar aún de amarguras mayores que he soportado; tal fue la voluntad de los dioses. Pero ahora déjame, cualesquiera que hayan sido mis fatigas, tomar el alimento que tengo ante mí. Nada supera la imperiosa urgencia del