La tensión del arco de Ulises
Propuesta de Penélope a los pretendientes de contender por su mano con el arco y las flechas de Ulises; intentos inútiles de estos para doblar el arco; astucia de Ulises para obtener el arco, el cual tiende con facilidad y hace pasar una flecha a través de los doce anillos colocados en fila para tal fin.
Palas, la diosa de los ojos glaucos, despertó en la mente de la prudente Penélope, la hija de Icario, este propósito: poner en manos de los pretendientes el arco y los aros de gris acero, y proponer un juego que en el palacio había de dar inicio a la matanza. Así, subió la alta escalinata, desde el gran mégaro, y tomó en su mano tersa la hermosa llave tallada; sus dientes eran de bronce, y de marfil el mango. Pronto llegó al cuarto más lejano con sus fieles criadas. Allí yacían los tesoros de Ulises: bronce, oro y acero forjado con arte divino. Allí yacía su arco sin entesar; allí su carcaj cargado de flechas; muchas eran las saetas mortales que contenía, regalo de un huésped que una vez conoció en Lacedemonia, llamado Ífito, el hijo de Eurito, semejante a los dioses en presencia. En Mesene se cruzaron ambos, en la mansión de Orsíloco, el belicoso. Hasta allí había llegado Ulises a reclamar una deuda de toda aquella comarca; pues unos bandidos mesenios se habían llevado en sus naves trescientas ovejas de Ítaca y a los pastores que las custodiaban. Por esta causa Ulises, aunque aún un mancebo, hizo aquel largo viaje en calidad de embajador, enviado por su padre y los otros jefes.