que ahora el sabio Ulises regrese a su propia tierra, despachemos de inmediato a Hermes, el matador de Argos, nuestro mensajero, a Ogigia, junto a la ninfa de cabellos brillantes, y demos a conocer nuestro firme propósito de traer al sufridor Ulises a su hogar; yo me apresuraré a ir a Ítaca, e incitaré a su hijo a que, con corazón resuelto, convoque a los griegos de larga cabellera y prohíba los excesos del séquito de los pretendientes, que matan sus rebaños y sus toros de lentos pasos y cuernos torcidos. A Esparta lo enviaré y a las arenas de Pilos, para indagar sobre el regreso de su querido padre. Así, una gloria famosa se reunirá en torno a él ante los ojos de los hombres.
Habló, y calzóse bajo los pies las áureas y hermosas sandalias inmortales, que solían llevarla sobre el mar como el viento y sobre la tierra sin fin. Tomó en su mano la lanza potente, de afilado bronce, pesada, inmensa y fuerte, con la que abate enteras falanges de héroes contra la tierra cuando ella, la hija del gran padre, se aira. Desde las cumbres del Olimpo se precipitó y se plantó entre los hombres de Ítaca, justo en el soportal y el umbral de su caudillo, Ulises. En su mano llevaba la lanza y parecía el extranjero Mentes, el que mandaba a los tafios. Allí, ante la puerta, halló a los soberbios pretendientes. Unos mataban el tiempo con los dados, sentados sobre las pieles de bueyes que habían sacrificado. Con ellos estaban los heraldos y los atareados criados: unos mezclaban en las cráteras el vino con el agua, otros limpiaban las mesas con esponjas ligeras y disponían el banquete, trinchando las carnes para todos.
Telémaco, igual a los dioses, fue el primero en ver a la diosa; sentado entre el grupo de pretendientes, con el corazón triste, pensaba en su ilustre padre, que tal vez vendría a dispersar a quienes llenaban los salones de su palacio, a ganar nuevo honor y a recuperar el mando de los suyos. Mientras así sentado meditaba entre los pretendientes, vio dónde estaba parada Palas, y se precipitó hacia ella; no soportaba hacer esperar a un extranjero en su puerta. Se acercó y, tomando su mano derecha, recibió la lanza de bronce y le dirigió estas aladas palabras:—