que habito».
Y de nuevo habló el gran Ulises:
«Eumeo, la triste historia de tus agravios y sufrimientos me conmueve profundamente; mas Jove entre tus desgracias te ha concedido este bien: que, tras todos tus sufrimientos, te hospedas con un buen señor, que con abundancia te provee de comida y bebida; llevas aquí una vida placentera, mientras que yo he venido a ti tras vagar largo tiempo y por muchas tierras».
Así hablaban el uno con el otro. No mucho tiempo pasaron en el sueño, pues pronto vino la Mañana, en su carro de oro entronizada. Junto a la orilla los compañeros de Telémaco soltaron las velas, arriaron el mástil, y con los remos condujeron la nave a su lugar. Echaron las áncoras fuera y ataron firmemente las estachas, y subieron a la playa del mar, donde prepararon su comida matutina y mezclaron el vino purpúreo. Luego, cuando cesaron los clamores de la sed y el hambre, el prudente Telémaco habló a la tripulación:—