Ellos, mientras yo esperaba largo rato, Volvieron al fin, aunque tarde —tan tarde como aquel Que mucho tiempo ha sentado dirimiendo pleitos entre Jóvenes litigantes en el ágora Se levanta y marcha a tomar su cena vespertina—; Tan tarde regresaron los maderos de mi nave, Arrojados por Caribdis. Entonces me dejé caer entre Las olas rugientes, y llegué con manos y pies A aquellos largos maderos en medio, para que Sostuvieran mi peso. Me senté sobre ellos y remé Con ambas manos.
El padre de los dioses y de los mortales no consintió que viera la roca de Escila otra vez, pues de otro modo no habría escapado de una cruel muerte. Durante nueve largos días floté sobre las aguas; al décimo, al caer la noche, los dioses me llevaron a una isla: Ogigia, donde habita la de cabellos de ámbar, Calypso, una poderosa diosa, hábil en el canto, quien me dio una cálida bienvenida y me cuidó.
¿Para qué hablar de esto? Aquí en estos salones le conté la historia ayer a ti y a tu graciosa consorte, y detesto repetir un cuento que una vez fue bien contado.