Habló, y avivó de nuevo en el joven el dolor por su padre perdido. De sus párpados cayeron lágrimas al oír el nombre de su padre, y con ambas manos se cubrió los ojos con el manto de púrpura. Menelao vio sus lágrimas y meditó, dudando qué fuera mejor: si dejar que el extranjero hablara por propia voluntad de su padre, o interrogarlo primero y contarle luego todo lo que sabía.
Mientras meditaba así, Helena, semejante en figura a Artemisa de la rueca de oro, salió de su alcoba de alto techo, donde el aire era dulce con perfumes, y se acercó. Adrasta le colocó un asiento de costosa hechura; Alcipe trajo una estera de suave y ligera lana, y Filo vino con una cesta de plata, dada por Alcandra, esposa de Polibo, que habitaba en Tebas, en Egipto, y cuya casa era rica en objetos de valor. Dos baños de plata dio a Menelao, dos trípodes, y diez talentos de oro. Su esposa otorgó hermosos regalos a Helena: uno de oro, una rueca; otro, una cesta de plata ribeteada de oro y de forma redonda. Esta trajo Filo colmada de hilo