nombrar los árboles que en tus bien cultivados huertos me diste; te los pedí todos a ti, cuando a tu lado hollaré los senderos del jardín, siendo un niño pequeño. Íbamos entre los árboles, y tú los nombrabas. Trece manzanos, y diez perales me diste, y cuarenta higueras; y te comprometiste a darme cincuenta filas de vides, cada fila crecida para alimentar el lagar. Hay uvas allí de todo sabor cuando las horas de Jove las hacen madurar desde lo alto».
Habló; un temblor prendió del viejo el pecho y las rodillas, al ver cuán verdaderas eran las señales que Ulises le daba. Echó los brazos a su querido hijo. El aguerrido jefe, Ulises, lo atrajo desmayado hacia su corazón. Mas cuando las fuerzas del anciano revivieron y la calma tornó a su espíritu, habló de nuevo así:—
“Oh, padre Jove, sin duda los dioses habitan la altura del Olimpo, ya que contemplamos a los arrogantes pretendientes castigados por sus crímenes. Mas mucho temo no sea que todos los itacenses