—¡cuán afortunado es cuando el que cae asesinado deja un hijo!, pues fue el vástago del monarca quien se vengó del astuto asesino Egisto, por cuya mano murió el Atrida. Tú también, amigo mío, pues eres de robusta complexión y de noble presencia, sé valiente tú, para que los hombres en el futuro te alaben».
Habló entonces de nuevo el prudente Telémaco: —¡Oh Néstor, hijo de Neleo, orgullo de Grecia! Amplia fue su venganza, y lejos y a lo ancho los griegos extenderán su fama para que sea el canto de los tiempos futuros. ¡Ojalá los dioses me concedieran un poder igual para vengarme de esa importunta y soberbia caterva de pretendientes, que me insultan y maquinan el mal contra mí! Mas los dioses niegan tal fortuna a mi padre y a mí, y todo lo que ahora me queda es soportarlo.
De nuevo habló Néstor, el caballero gerenio:— «Puesto que tú, amigo mío, has pronunciado palabras que traen a mi memoria lo que he oído —corre el rumor de que en tu palacio aguardan muchos pretendientes en torno a tu madre y, a pesar de ti, cometen graves tropelías. Dime ahora: ¿te rindes de buen grado, o porque el pueblo, inclinado por los oráculos, te considera su enemigo? Tu padre aún podría regresar —¡quién sabe?—, solo o con los demás griegos, para tomar la venganza que estos actos violentos merecen. Si la de ojos glaucos, Palas, se dignara favorecerte, como una vez veló para proteger al glorioso caudillo Ulises en el reino de Troya, donde nosotros, los aqueos, sufrimos tales penurias —pues jamás he visto a los dioses proteger tan abiertamente a un hombre como Palas lo protegió allí—, si así se dignara favorecerte y velar por ti, entonces tal vez ninguno de estos vuelva a pensar jamás en bodas».
Entonces volvió a hablar el prudente Telémaco:—
«¡Oh anciano! ¡No creo que tus palabras Se cumplan! Pues importan demasiado Y me asombran. Lo que dices deseo Que llegue a realizarse, mas sé que no puede ser, Ni aun si los dioses así lo quisieran».