diré lo que aún debes sufrir bajo el techo de tu propio palacio, por voluntad del destino. Mas sopórtalo con valor, ya que debes, ni hables a ningún hombre ni a ninguna mujer de ti mismo y de tu errar hasta aquí, sino sométete a muchas cosas que te afligen, en silencio, y soporta las afrentas de hombres violentos”.
Ulises, el sagaz, replicó así:
«¡Oh diosa!, es difícil para el hombre mortal reconocerte cuando te encuentra, aunque su vista sea la más aguda, pues adoptas a voluntad cualquier forma. Sin embargo, sé muy bien que fuiste bondadosa conmigo cuando nosotros, los hijos de Grecia, hacíamos la guerra en el reino de Troya. Pero cuando hubimos derribado la altiva ciudad de Príamo, y nos embarcamos, y cuando algún dios dispersó a los aqueos, después de eso, ¡oh hija de Jove!, jamás volví a verte, jamás te percibí entrando en mi bajel y guardándome del peligro; sino que erré siempre de un lugar a otro, con el corazón agobiado por la pesadumbre, hasta que los dioses me liberaron, y hasta que tus consejos en el opulento reino de los feacios me devolvieron el valor, y tú misma me guiaste hasta la ciudad. Y ahora, en el nombre de tu gran padre, te suplico — pues todavía no puedo creer que haya llegado a la amable Ítaca, sino que he sido arrojado a alguna otra costa, y temo que te estés burlando de mí y hayas hablado así tan solo para engañarme—, dime, ¿es verdad que me encuentro en mi propia y amada tierra?»
Y entonces la diosa, Palas de ojos azules, dijo: «Tales son siempre tus pensamientos, y por ello no debo abandonarte en tu necesidad. Sé cuán pronta es tu palabra, cuán rápido tu pensamiento,