abierto y bañado por el sol, que secaba la tierra, y allí los hombres cosechaban las uvas, y allá pisaban el lagar. Más allá había uvas aún sin madurar, que acababan de botar la flor, y otras que apenas empezaban a enrojecer. En el confitín del jardín había bancales de numerosas plantas que todo el año daban flores. Brotaban allí dos fuentes: una de ellas corría divagando por el campo; la otra fluía bajo el umbral hacia el patio del palacio, y toda la gente llenaba allí sus vasijas. Tales eran las bendiciones que los graciosos dioses otorgaban al rey Alcínoo y a su casa.
Ulises, el gran sufridor, de pie allí, admiró la escena; y cuando hubo contemplado todo con silencioso asombro, cruzó el umbral con rapidez, entrando en el salón donde los pares y príncipes feacios vertían vino de sus copas al insomne, el matador de Argos, a cuya divinidad ofrecían las últimas libaciones cuando pensaban en el sopor. El gran sufridor, oculto en una densa niebla que Palas levantó y arrojó a su alrededor, se apresuró por el salón y llegó junto a Areté y Alcínoo, los reales esposos. Entonces Ulises abrazó las rodillas de Areté, cuando de súbito la nube creada por la diosa se desvaneció. Todos dentro del palacio se quedaron mudos al contemplar al hombre ante ellos. Así suplicó Ulises:—
“¡Areté, hija del caudillo Rhexenor, semejante a los dioses! Vengo a tu esposo y a tus rodillas, tras haber soportado muchas fatigas, y a estos huéspedes, a quienes ojalá los buenos dioses concedan vivir felices y legar, cada uno a sus propios hijos, en su hogar, la riqueza y los honores que el amor del pueblo le otorgó. Concédenme, te lo suplico,