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nydus/The OdysseyPublic
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Libro XIX

Allí se tendió a esperar la augusta mañana, mientras Ulises, que quedó en el palacio, meditaba aún la muerte de los pretendientes con la ayuda de Atenea.

La prudente Penélope salió de su cámara entonces; como Artemisa o como la dorada Venus vino la reina. Junto al hogar le colocaron el trono en el que solía sentarse, incrustado de marfil y plata, que antaño labrara el artesano Icmalio. Pusieron cerca del trono un escabel, sobre el cual había extendido un vellón abundante. En él se sentó la prudente Penélope. Sus servidoras de blancos brazos vinieron con ella; retiraron el abundante banquete, se llevaron las mesas y las copas de las que aquellos hombres insolentes habían bebido; pusieron sobre el suelo los tizones encendidos y amontonaron nueva leña en torno a ellos, tanto para dar luz como calor. Y entonces Melanto de nuevo habló a Ulises con palabras descomedidas:—

“Extranjero, ¿habrás de ser una peste por siempre, vagueando por la casa en la noche para hacer de espía con las mujeres? ¡Sal del salón, infeliz! Y sáciate afuera, o si no te irás de repente, expulsado a golpes y tizones ardientes”.

El sabio Ulises la miró con seño fruncido y dijo: > «¡Criatura impertinente! ¿Por qué me recriminas con tanta furia? ¿Es porque estoy sucio y mal vestido, y la necesidad me obliga a mendigar de puerta en puerta? Tal es el destino de los hombres pobres y errantes. Yo también fui opaco en otro tiempo, y habité un hogar próspero entre mis semejantes, y a menudo daba limosna al errante, fuera quien fuese y cualquiera que fuese su necesidad; y tenía muchos sirvientes, y una gran reserva de bienes con los cuales los hombres llevan una vida desahogada y son llamados ricos. Pero Júpiter, el hijo de Saturno, puso fin

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