más humildes entre los griegos, sino de los principales. Real es tu aspecto; por ello te convendrá donar más generosamente que los demás, y yo pregonaré tu alabanza por toda la tierra.
También la mía fue en otro tiempo una dichosa suerte, pues habité un palacio colmado de bienes, y a menudo di a los errantes, fuesen quienes fuesen, que me buscaban, y en cualquier necesidad. Y tuve muchos criados, y un vasto caudal de todo aquello con que los hombres viven con holgura y son tenidos por ricos.
El Jove saturnio —tal fue su voluntad— me abatió; pues, movido por él, me uní a una errante banda de piratas y, para mi perdición, partí en un lejano viaje hacia las costas de Egipto. En el río de aquella tierra aposté mis buenas naves y ordené a mis hombres que permanecieran junto a ellas y las vigilaran bien. Puse centinelas en las alturas. Con todo, confiados en su propia fuerza y cediendo imprudentemente a la codicia, mis compañeros arrasaron los hermosos campos de los egipcios, los mataron y se llevaron a sus esposas y pequeños.