—Hablé, y habiendo ordenado a todos mis hombres que subieran a bordo y soltasen las amarras, embarqué en mi propia nave. Todos obedecieron, ocuparon los bancos, sentándose allí en hileras, y batieron el espumoso mar con los remos. Mas cuando llegamos a aquella costa vecina, vimos en su orilla, junto al mar, una cueva de alta bóveda, cubierta de arbustos de laurel. Allí reposaba ganado en gran número, tanto ovejas como cabras. Alrededor había un patio, un alto cercado de piedra labrada, y pinos de altos troncos y altísimas encinas. Aquí habitaba un hombre de talle gigantesco, que él solo, aislado, solía apacentar sus rebaños. Jamás trataba con los demás, sino que urdía en solitario sus malvadas acciones. Un prodigio espantoso era, y a ningún hombre que se alimenta de pan se parecía, sino más bien a la cumbre de un monte ingente, áspera de bosques, que se alza solitaria por encima de las demás.
«Luego, mandando a todos los demás que se quedaran a cuidar la nave, elegí entre mis hombres más valientes a doce que llevé conmigo. Llevaba a bordo un pellejo de vino oscuro —una clase deliciosa— que Marón, hijo