Él habló; y Euricleia, la querida nodriza, obedeció, y trajo el azufre y el fuego. Ulises impregnó de humo la real morada, tanto el gran salón como el patio.
La matrona, atravesando el augusto palacio de Ulises, subió la escalera para buscar y llamar a todas las criadas. Y ellas salieron, llevando en sus manos antorchas, y, rodeando a Ulises, le dieron alegre saludo, tomaron sus manos, lo abrazaron, besaron sus manos, su frente y sus hombros. El deseo de llorar de alegría venció al jefe; sus ojos se anegaron en lágrimas; sollozó; las conocía a todas.