La favorable acogida que mis compatriotas han dispensado a mi traducción de la Ilíada me ha animado a intentar una traducción de la Odisea en la misma forma de verso.
He encontrado en esto una ocupación no desagradable para un período de la vida que me advierte que no podré comparecer muchas más veces ante el público de esta ni de ninguna otra manera.
La tarea de traducir verso no es, es verdad, puramente mecánica, puesto que requiere que el traductor capte de su autor algo del ardor con el que este escribió, del mismo modo que un buen lector se siente conmovido por las palabras que pronuncia y comunica la emoción a sus oyentes; sin embargo, al traductor se le ahorra la labor de invención —la tarea de producir las ideas que es su oficio expresar, así como la de ponerlas en sus debidas relaciones mutuas—.
Se evita por tanto gran parte de la fatiga que acompaña a la composición original prolongada, y este ejercicio más apacible de las facultades intelectuales se aviene mejor con aquella etapa de la vida en que el cerebro comienza a verse visitado por el presentimiento de que el tiempo de su reposo definitivo no está muy lejano.
Algunas de las observaciones que he hecho, en mi Prefacio a la Ilíada, sobre dicha obra y la traducción que de ella he realizado, se aplican también a la Odisea y a la versión que ahora presento al lector.
Las diferencias entre ambos poemas han sido tan bien señaladas por los críticos, que solo tendré ocasión de hablar de dos o tres de ellas.
En la ejecución de mi tarea, ciertamente he echado de menos en la Odisea el fuego y la vehemencia de los que tan a menudo tuve conciencia en la