— así lo afirmó— en una rica región cercana al reino de los tesprotos, y dispuesto a traer grandes riquezas a su isla natal».
Habló de nuevo entonces la prudente Penélope:
«Ve, llámalo aquí, para que él relate su historia en mi presencia. Que estos hombres, como a bien tengan, sentados a nuestras puertas o en nuestros salones, se diviertan, pues liviano es su corazón. Intactas en sus hogares yacen sus posesiones, y su pan y su vino son solo para sus sirvientes, mientras ellos frecuentan nuestro palacio, día tras día, y matan nuestros bueyes, ovejas y cabras cebadas, y banquetean, y beben abundantemente el tinto y oscuro vino, y todo con derroche inútil. Ningún hombre hay aquí, como Ulises era, para alejar esta plaga de nuestra morada. Si él volviera a su propia tierra, él y su hijo se tomarían pronta venganza de los hombres que lo agravian».