un sacrificio a Jove, el que amontona nubes, hijo de Saturno, cuyo imperio abarca a todos; a él le quemé los muslos. Él no atendió la ofrenda; ya entonces planeaba el naufragio de mis gallardas naves y la muerte de mis queridos compañeros.
Todo aquel día hasta que el sol se puso nos sentamos y banqueteamos largamente con las abundantes carnes y el vino exquisito. Mas cuando el sol descendió y la oscuridad se deslizó sobre la tierra, dormimos en la orilla; y cuando de nuevo la hija de la Aurora, la Mañana de rosados dedos, asomó, llamé a mis hombres con alegres palabras a subir a las cubiertas y soltar las amarras. Con presteza subieron a bordo y ocuparon los bancos, tomaron en sus manos los remos y con ellos golpearon el canoso abismo. Con tristeza, aunque alegres por haber escapado, navegamos adelante, aun lamentando a nuestros compañeros perdidos.»