Como allí busqué desembarcar, vi que las olas me empujaban contra enormes rocas que bordeaban la espantosa orilla; pero, volviendo atrás, nadé de nuevo y llegué a un río y al lugar de desembarco que deseaba, liso, sin rocas y resguardado del viento. Me desmayé, pero pronto reviví. La noche ambrosíaca llegó. Dejé el arroyo descendido de Jove y dormí entre los matorrales, cubriendo mis miembros con hojas marchizas, mientras sobre mis párpados una divinidad derramaba generosamente el bálsamo del sueño. Toda la noche, entre las hojas, dormí, con toda esa pena en el corazón, hasta la mañana, hasta el mediodía. Luego, al ponerse el sol, el dulce sueño me dejó, y vi las servidoras de tu hija jugando en la orilla, y a ella entre ellas, parecida a una diosa. A ella acudí como suplicante, y no recibió mi ruego con desdén como una doncella tan joven podría hacerlo, pues la juventud es insensata. Ella me otorgó comida y vino tinto en abundancia, y me dio, cuando hube tomado un baño, las vestiduras que llevo. Así queda contado
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Libro VII
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