creo, este hermoso arco no se tensará con facilidad, pues sin duda no hay aquí ningún hombre como era Ulises. Lo vi una vez, siendo aún un niño, y todavía lo recuerdo.
Él habló, mas creía en su secreto corazón que doblaría el arco y enviaría una saeta a través de todos los anillos. Y aun así fue el primero en probar el acero: una flecha de la mano del gran jefe Ulises, a quien agravió en su propio palacio y a otros incitó a igual agravio. Entonces Telémaco se levantó en su sagrado poderío y de este modo comenzó:
¡Ay de mí!, sin duda el Jove saturnino me ha hecho perder el juicio. Por sabia que es, mi madre promete abandonar su hogar y seguir a otro, y aun así yo río, y me regocijo en mi necio corazón.
Venid pues, ya que tal certamen se propone, ¡oh pretendientes!, y por semejante mujer además. No hay otra igual en todas las tierras de Grecia, Argos, Micenas, o la sagrada orilla de Pilos, ni en la misma Ítaca, o la oscura costa continental. Bien lo sabéis; ¿por qué habría de alabar a mi madre? Venid entonces todos; que no haya excusas para la demora, ni dejéis por más tiempo el arco sin probar, para que podamos ver el desenlace. ¡Yo también me siento impelido a intentarlo!; y si tenso el arco y envío una flecha a través de todos los anillos, mi amable madre entonces no renunciará, para mi gran dolor, a su hogar, y, siguiendo a otro, me dejará aquí, a pesar de que mi valor ya ahora mismo podría ganar los gloriosos premios que ganó mi padre.
Habló y, alzándose, de sus hombros quitó el manto de púrpura, y dejó la aguda espada a un lado; y primero colocó los aros de acero en orden, abriendo para ellos en el suelo una larga zanja con ayuda de una línea, y compactando bien la tierra a su alrededor. Todos admiraron la destreza con que los alineó, sin haber visto jamás el juego antes. Y luego tomó su lugar en el umbral, y probó el arco; y tres veces hizo el intento, y tres veces desistió, aun teniendo la esperanza todavía de tensar la cuerda, y enviar