Recepción de Ulises por Alcínoo
Regreso de Nausicaá a la ciudad, seguida por Ulises—Palacio y jardín de Alcínoo—Recibimiento de Ulises por la reina y su esposo—Relato que hace Ulises de su viaje y su naufragio.
Así oró Ulises, el de sufrimientos mil.
Las fuertes muías condujeron a la doncella hacia la ciudad, y al llegar al augusto palacio de su padre, se detuvo bajo el pórtico.
Sus hermanos se acercaron a ella, semejantes a los dioses en aspecto, desataron las muías y llevaron los vestidos adentro.
Ella buscó su alcoba, donde una anciana dueña de casa y servidora, oriunda del Epiro y llamada Eurimedusa, le encendió fuego. Ella había sido traída tiempo atrás desde el Epiro en las naves de bien remados bancos, y había sido entregada al rey Alcínoo, soberano de todos los feacios, quienes acataban su voz como si fuera un dios.
Fue ella quien crió a la de blancos brazos Nausícaa en el palacio real, cuidó de su hogar y le preparó la cena.
Se levantó entonces Ulises y encaminó sus pasos hacia la ciudad, mientras la amigable Palas envolvía su camino en la oscuridad, no fuera a ser que alguno de los hijos de los feacios le dirigiera palabras groseras o le preguntara quién era. Y justo cuando iba entrando en aquella hermosa ciudad, la de ojos glaucos, Palas, salió a su encuentro con la forma de una joven doncella que llevaba una urna. Se detuvo ante él, y Ulises le preguntó así: