que vino conmigo como huésped desde Pilos. A él, con toda mi fiel tripulación, lo envié antes que a mí a este puerto, y ordené que Pireo lo llevara a su propia morada, para ser hospedado y honrado allí hasta que yo llegara».
Habló, y sus palabras no cayeron en saco roto. La princesa se bañó, se vistió con ropas limpias y prometió a todos los dioses un sacrificio de hecatombes selectas cuando Júpiter castigara a los malhechores.
Mientras ella oraba, Telémaco salió con la lanza en la mano. Dos ágiles perros lo seguían. Minerva derramó una belleza divina sobre su cuerpo y su rostro, y todo el pueblo se maravilló a su paso.
Los pretendientes lo rodearon con palabras halagüeñas, aunque en sus corazones maquinaban maldades. Él se apartó de su asamblea apresuradamente y ocupó su lugar junto a Méntor, Antifo y Haliterses, todos amigos de su padre y suyos desde el principio.
Mientras le preguntaban por todo lo que había visto, se acercó el famoso lancero Pireo, trayendo al extranjero a través de la ciudad hasta la plaza del mercado. No tardó Telémaco, sino que fue al encuentro de su huésped, y entonces Pireo dijo:—
«Telémaco, despacha a mi morada a tus criadas; enviarte quiero en este instante los regalos que me dio Menelao».
Y entonces el discreto Telémaco respondió:
«Aún no sabemos, Pireo, cuál sea el desenlace; y si los pretendientes a traición me dieran muerte en el palacio, y se repartieran la herencia entre ellos, prefiero que tú, en vez de ellos, tengas los regalos; mas si encuentran el destino que he planeado, y son exterminados, entonces con alegría traerás los tesoros, que yo con alegría recibiré».