“Tan pronto como hubimos dejado la isla, vi niebla y una ola gigantesca, y oí el trueno de las aguas. De las manos de mis aterrados compañeros volaron los remos, el abismo era un estruendo total; pero la nave se detuvo allí, pues todos los remeros cesaron en su labor. Recorrí toda la nave exhortándolos con palabras alegres, a uno y a otro, y dije:—”
“‘Reflexionad, amigos, en que no somos novatos en la mala fortuna, ni nos encontramos en peor situación que cuando el brutal Cíclope nos tenía prisioneros en su espaciosa cueva; sin embargo, gracias a mi valor escapamos, y a mis consejos y astucia, y creo que viviréis para recordar los sucesos de este día como aquellos. Ahora actuemos. Haced todos lo que os aconsejo; ocupad vuestros asientos en los bancos, golpeando con los remos estas poderosas olas, y tal vez Jove conceda que escapemos de la muerte que nos amenaza. A ti, timonel, te lo ruego —y presta atención a mis palabras, ya que solo a tus manos está encomendado el timón de nuestra gallarda nave—, aleja de aquí la niebla y las olas turbulentas, y observa bien la roca, no sea que, donde sobresale hacia el mar, no la adviertas y nos hagas naufragar a todos’”.
«Hablé, y mis palabras obedecieron todos con presteza. Y sin embargo, nada dije de Escila —a quien ahora no podíamos eludir—, no fuera a ser que la tripulación, presa del pánico, dejara de remar y se agolpara en la bodega. Y entonces olvidé la severa orden que Circe me había dado: la de no armarme para el combate. Con mis relucientes armas revestí mis extremidades, tomé en la mano dos pesadas lanzas, subí a cubierta y me detuve en la proa —pues me pareció que allí sería donde Escila se mostraría primero, aquel monstruo de las rocas, para apoderarse de mis compañeros—. Y, no obstante, no la vi, aunque se me cansaron los ojos de mirar largamente y con avidez aquellos oscuros acantilados».