sobre aquellos que yacen en la muerte es algo impío. El placer de los dioses, y su propia culpa, la muerte les trajo; pues respeto no tenían hacia ninguno de sus semejantes —el bueno o el malo— quienquiera que fuese que a ellos llegaba, y así sobre sus propias cabezas atrajeron este terrible destino. Nómbrame ahora a las mujeres del palacio; hazme saber quién es desleal y quién inocente».
Entonces la muy amada nodriza le respondió:
«Hijo mío, te diré la verdad. Residen aquí, en tu palacio, cincuenta sirvientas, a quienes hemos enseñado a trabajar, a cardar la lana y a servir en la casa. Doce de ellas han andado por el camino de la deshonra. A mí no me prestan atención, ni a la misma Penélope. Tu hijo acaba de llegar a la edad varonil, y la reina nunca le ha permitido mandar a las criadas; pero déjame ahora, subiendo a su estancia —el aposento real—, avisar a tu esposa, a quien algún dios le ha enviado el don del sueño».