llantos. También en los libros, así como en la música, buscaba la desdicha que el contraste entre el pasado y el presente con seguridad le proporcionaba. No leía nada que no hubieran solido leer juntos.
Semejante violencia de aflicción, en verdad, no podía soportarse para siempre; menguó al cabo de unos días hasta convertirse en una melancolía más calmada; pero estas ocupaciones, a las que recurría a diario, sus paseos solitarios y sus silenciosas meditaciones, seguían produciendo ocasionales efusiones de dolor tan vivas como siempre.
Ninguna carta de Willoughby llegó; y ninguna parecía ser esperada por Marianne. Su madre estaba sorprendida, y Elinor volvió a inquietarse. Pero Mrs. Dashwood podía encontrar explicaciones siempre que las necesitaba, lo cual al menos la satisfacía a ella misma.
—Recuerda, Elinor —dijo ella—, con qué frecuencia va sir John en persona a buscar nuestras cartas al correo y las lleva. Ya hemos convenido en que la discreción puede ser necesaria, y debemos reconocer que no podría mantenerse si la correspondencia de ellos pasara por las manos de sir John.
Elinor no pudo menos que admitir la verdad de esto, y trató de encontrar en ello un motivo suficiente para su silencio. Pero había un método tan directo, tan sencillo y, en su opinión, tan conveniente para conocer el verdadero estado del asunto y disipar al instante todo misterio, que no pudo evitar sugerírselo a su madre.
—¿Por qué no le preguntas a Marianne de una vez —dijo ella—, si está o no comprometida con Willoughby? De tu parte, de su madre, y una madre tan cariñosa, tan indulgente, la pregunta no podría resultar ofensiva. Sería el resultado natural de tu afecto hacia ella. Solía ser totalmente abierta, y más especialmente contigo.
«No haría una pregunta semejante por nada del mundo. Suponiendo que fuera posible que no estuvieran comprometidos, ¡qué angustia no le