cuando de repente se oyó uno fuerte que no podía confundirse con el de ninguna otra casa; Elinor se sintió segura de que anunciaba la llegada de Willoughby, y Marianne, dando un salto, se dirigió hacia la puerta. Todo quedó en silencio; esto no pudo soportarse muchos segundos; abrió la puerta, dio unos pasos hacia las escaleras y, tras escuchar medio minuto, volvió a la habitación con toda la agitación que la certeza de haberlo oído produciría naturalmente; en el éxtasis de sus sentimientos en aquel instante no pudo evitar exclamar: «¡Oh, Elinor, es Willoughby, de verdad que lo es!», y parecía casi dispuesta a echarse a sus brazos, cuando apareció el coronel Brandon.
Fue un golpe demasiado fuerte para soportarlo con calma, y salió de la habitación inmediatamente.
Elinor también estaba decepcionada; pero, al mismo tiempo, su respeto por el coronel Brandon le aseguraba una buena acogida por su parte; y le dolió particularmente que un hombre tan inclinado hacia su hermana se diera cuenta de que ella no experimentaba más que dolor y decepción al verle.
Al instante comprendió que él no lo había pasado por alto, que incluso observaba a Marianne al abandonar la estancia con tal asombro y preocupación que apenas le dejaba el recuerdo de lo que la cortesía exigía hacia ella misma.
—¿Está enferma su hermana? —dijo él.
Elinor respondió con cierta angustia que sí, y luego habló de dolores de cabeza, desánimo y fatiga excesiva; y de todo aquello a lo que buenamente pudiera atribuir el comportamiento de su hermana.
Él la escuchó con la más atenta disposición, pero pareciendo recobrarse, no dijo nada más sobre el tema, y comenzó directamente a hablar de su alegría por verlos en Londres, haciendo las preguntas habituales sobre su viaje y los amigos que habían dejado atrás.