¡Ay, es un sitio agradable! Un carnicero muy cerca, en el pueblo, y la casa rectoral a tiro de piedra. Según mi gusto, mil veces más bonito que Barton Park, donde se ven obligados a enviar a tres millas por la carne y no tienen a ningún vecino más cerca que su madre.
Pues intentaré animar al Coronel tan pronto como pueda. Un clavo saca otro clavo, ya sabes. ¡Si al menos logramos sacarle a Willoughby de la cabeza!
—Ay, si podemos hacer eso, señora —dijo Elinor—, nos irá muy bien con el coronel Brandon o sin él.
Y luego, levantándose, se fue a reunir con Marianne, a quien encontró, como esperaba, en su propia habitación, inclinada, en su mudo sufrimiento, sobre los escasos restos de un fuego que, hasta la entrada de Elinor, había sido su única luz.
—Más harías en dejarme —fue todo el aviso que su hermana recibió de ella.
—Te dejaré —dijo Elinor—, si te vas a la cama—. Pero a esto, por la terquedad momentánea del sufrimiento impaciente, se negó al principio. La insistencia sincera, aunque suave, de su hermana no tardó sin embargo en convencerla, y Elinor la vio apoyar su dolorida cabeza en la almohada y, según esperaba, dispuesta a conciliar un poco de descanso antes de dejarla.
En el salón, adonde se dirigió a continuación, no tardó en unirse a ella la señora Jennings, con una copa de vino, llena de algo, en la mano.
—Querida —dijo al entrar—, acabo de acordarme de que tengo en casa uno de los mejores vinos de Constantia añejos que se hayan probado jamás, así que le he traído una copa a su hermana. ¡Mi pobre marido! ¡Cómo le gustaba! Siempre que le daba un ataque de su viejo cólico