La calma y educada indiferencia de Lady Middleton en aquella ocasión supuso un feliz alivio para el ánimo de Elinor, agobiado como solía estar por la clamorosa amabilidad de los demás.
Era un gran consuelo para ella tener la certeza de no despertar ningún interés en, al menos, una persona de su círculo de amistades; un gran consuelo saber que había alguien que la recibiría sin sentir curiosidad por los detalles, ni preocupación alguna por la salud de su hermana.
Cualquier cualidad se eleva a veces, por las circunstancias del momento, por encima de su valor real; y a ella la abviaban a veces las condolencias oficiosas hasta considerar que la buena educación es más indispensable para el bienestar que la bondad.
Lady Middleton expresó su opinión sobre el asunto aproximadamente una vez al día, o dos, si el tema salía a relucir con mucha frecuencia, diciendo: «¡Es verdaderamente escandaloso!», y mediante este cauce continuo aunque suave, pudo no solo ver a las señoritas Dashwood desde el principio sin la menor emoción, sino muy pronto verlas sin recordar una sola palabra del asunto; y habiendo defendido así la dignidad de su propio sexo, y manifestado su censura rotunda a lo que estaba mal en el otro, se consideró en libertad de atender al interés de sus propias reuniones, y por lo tanto determinó (aunque más bien en contra de la opinión de Sir John) que, dado que la señora Willoughby sería a la vez una mujer elegante y adinerada, le dejaría su tarjeta en cuanto se casara.
Las delicadas y discretas indagaciones del coronel Brandon nunca le resultaban desagradables a la señorita Dashwood. Él se había ganado con creces el privilegio de hablar íntimamente sobre la desilusión de su hermana, gracias al celo amistoso con el que se había esforzado en mitigarla, y ambos conversaban siempre con confianza. Su principal recompensa por el doloroso esfuerzo de revelar pasadas penas y presentes humillaciones se la daba la mirada compasiva con que Marianne lo