Elinor no se inclinaba, tras un poco de observación, a juzgarlo tan genuina y sinceramente de mal carácter o de mala educación como él deseaba aparentar.
Su genio tal vez estuviera un tanto agrio al descubrir, como muchos otros de su sexo, que a causa de alguna incomprensible inclinación a favor de la belleza, era el esposo de una mujer muy tonta; mas sabía que esta clase de error era demasiado común para que cualquier hombre sensato resultara lastimado por ello de manera duradera.
Era más bien un afán de distinción, creía ella, lo que producía su trato despectivo hacia todo el mundo y su crítica general de cuanto tenía en frente. Era el deseo de parecer superior a los demás. El motivo era demasiado corriente para causar asombro; pero los medios, por mucho que pudieran tener éxito al consagrar su superioridad en materia de mala educación, no eran propicios para granjearle el afecto de nadie salvo el de su esposa.
“Oh, mi querida señorita Dashwood —dijo la señora Palmer poco después—, tengo un favor muy grande que pedirles a usted y a su hermana. ¿Quieren venir a pasar un tiempo a Cleveland estas Navidades? Por favor, háganlo, y vengan mientras los Weston estén con nosotros. ¡No se imagina lo feliz que seré! ¡Será algo encantador!—Mi amor —diciéndose a su esposo—, ¿verdad que estás deseando que las señoritas Dashwood vengan a Cleveland?”.
—Ciertamente —respondió con una mueca despectiva—; vine a Devonshire con ningún otro propósito.
—Ya ve —dijo su señora—, ya ve que el señor Palmer le espera; de modo que no puede negarse a venir.
Ambos declinaron su invitación con entusiasmo y resolución.