Ella se lo agradeció de todo corazón, habló de los principios y el carácter de Edward con los elogios que sabía que merecían, y prometió encargarse del encargo con gusto, si de verdad era su deseo dejar tan grata tarea en manos de otra persona. Pero al mismo tiempo, no pudo evitar pensar que nadie podría desempeñarlo tan bien como él. Era una tarea, en suma, de la que, al no querer hacer pasar a Edward por el trago de aceptar un favor de ella, se habría alegrado mucho de verse libre; pero el coronel Brandon, por motivos de igual delicadeza, declinándola asimismo, seguía mostrando tanto empeño en que se realizara por su mediación, que ella no quiso por nada del mundo oponer mayor resistencia.
Edward, creía ella, seguía en la ciudad, y por fortuna le había oído la dirección a la señorita Steele. Podía encargarse por lo tanto de informarle de ello en el transcurso del día.
Una vez resuelto esto, el coronel Brandon comenzó a hablar de la gran ventaja que para él suponía conseguir un vecino tan respetable y agradable, y fue entonces cuando mencionó con pesar que la casa era pequeña y corriente; un inconveniente que Elinor, tal como la señora Jennings había supuesto que haría, restó importancia, al menos en lo que a su tamaño se refería.
—La pequeñez de la casa —dijo ella—, no alcanzo a ver qué inconveniente pueda suponerles, pues estará en consonancia con su familia y sus ingresos.
Por lo cual el Coronel se sorprendió al descubrir que ella consideraba el matrimonio del Sr. Ferrars como la consecuencia inevitable de la canonjía; pues no creía posible que el curato de Delaford pudiera proporcionar unos ingresos con los que alguien de su estilo de vida se atreviera a establecerse, y así lo expresó.
“Esta pequeña vicaría no puede hacer más que proporcionarle a Mr. Ferrars comodidad como soltero; no puede permitirle casarse. Siento decir que mi patrocinio termina aquí; y mi influencia apenas es mayor.