Sí, tengo otro consuelo en su retrato, pero el pobre Edward ni siquiera tiene eso. Si tuviera tan solo mi retrato, dice que estaría tranquilo. Le di un mechón de mi cabello montado en un anillo cuando estuvo en Longstaple la última vez, y eso fue cierto consuelo para él, según dijo, pero no equivale a un retrato. ¿Quizás notó el anillo cuando lo vio?
—Sí —dijo Elinor, con una serenidad de voz bajo la cual se ocultaba una emoción y una angustia mayores que nada de lo que jamás hubiera sentido antes. Estaba mortificada, desconcertada, atónita.
Afortunadamente para ella, ya habían llegado a la casita de campo, y la conversación no pudo continuar por más tiempo. Tras estar con ellas unos minutos, las señoritas Steele regresaron al Parque, y Elinor quedó entonces en libertad de pensar y ser desgraciada.