alborozo e importancia, atribuyendo el buen estado de Charlotte a sus propios cuidados, y dispuesta a dar un relato tan exacto, tan minucioso, de su situación, que solo la señorita Steele tenía la curiosidad suficiente para desearlo. Una cosa la turbaba; y de ella se quejaba a diario. El señor Palmer sostenía la opinión común, pero poco paternal entre los de su sexo, de que todos los niños son iguales; y aunque ella podía percibir claramente, en distintas ocasiones, el parecido más asombroso entre este bebé y cada uno de sus parientes por ambas partes, no había manera de convencer a su padre de ello; ni de persuadirle para que creyera que no era exactamente igual a cualquier otro bebé de la misma edad; ni siquiera se le pudo hacer reconocer la simple proposición de que era el niño más hermoso del mundo.
Llego ahora a la relación de una desgracia que por entonces le sobrevino a la señora de John Dashwood. Sucedió que, mientras sus dos hermanas y la señora Jennings le hacían su primera visita en Harley Street, otra conocida suya se había dejado caer por allí; una circunstancia que en sí misma no parecía propicia para acarrearle ningún mal. Pero como la imaginación de los demás suele desbocarse hasta formarse juicios erróneos de nuestra conducta y juzgarla basándose en apariencias insignificantes, la felicidad de uno debe estar siempre, en cierta medida, a merced del azar.
En el presente caso, esta señora recién llegada dejó volar su imaginación tan lejos de la verdad y de la probabilidad que, al oír simplemente el nombre de las señoritas Dashwood y comprender que eran hermanas del señor Dashwood, dedujo de inmediato que se hospedaban en Harley Street; y este malentendido produjo, uno o dos días después, tarjetas de invitación tanto para ellas como para su hermano y su cuñada para una pequeña velada musical en su casa.