Él y yo estuvimos hablando largo y tendido sobre el asunto; y lo mejor de todo es que se ha vuelto a Harley Street para estar a mano cuando se le informe a la señora Ferrars, pues la mandaron llamar en cuanto mis primas se fueron de la casa, ya que tu hermana estaba segura de que a ella también le darían ataques de histeria; y que le den, por lo que a mí respecta. No siento compasión por ninguna de las dos. No me cabe en la cabeza que la gente arme tanto alboroto por el dinero y la importancia. No hay razón en el mundo para que el señor Edward y Lucy no se casen, porque estoy segura de que la señora Ferrars puede permitirse mantener a su hijo muy bien, y aunque Lucy apenas tiene nada por su cuenta, sabe mejor que nadie cómo sacarle partido a todo; me atrevería a decir que, con solo que la señora Ferrars le pasara quinientas al año, ella sabría lucir con eso tan bien como cualquier otra con ochocientas. ¡Dios mío! Qué cómodos podrían vivir en una casita como la vuestra —o un poco más grande—, con dos criadas y dos criados; y creo que podría ayudarles a encontrar sirvienta, porque la hermana de mi Betty está sin empleo y les vendría como anillo al dedo.
Aquí cesó la señora Jennings, y como Elinor había tenido tiempo suficiente para ordenar sus pensamientos, pudo darle una respuesta y hacer las observaciones que el tema naturalmente debía producir.
Feliz de comprobar que no se sospechaba en ella un interés extraordinario por el asunto; de que la señora Jennings (como últimamente había esperado que ocurriera) hubiera dejado por completo de imaginarla enamorada de Edward; y feliz, por encima de todo lo demás, debido a la ausencia de Marianne, se sentía muy capaz de hablar del asunto sin turbación y de emitir su juicio, según creía, con imparcialidad sobre la conducta de todos los implicados en él.
Apenas lograba determinar cuál era en realidad su propia expectativa sobre el desenlace; aunque se esforzaba sinceramente por alejar la idea de que pudiera terminar al fin de cualquier otra manera que no fuera en el