la mente de este.
—Pero ¿quién es él? —dijo Elinor—. ¿De dónde viene? ¿Tiene una casa en Allenham?
Sobre este punto, sir John pudo darles noticias más precisas, y les contó que el señor Willoughby no tenía propiedades propias en el condado; que residía allí únicamente mientras visitaba a la anciana señora de Allenham Court, con quien estaba emparentado y cuyas posesiones iba a heredar; y añadió:
«Sí, sí, vale la pena atraparlo, se lo aseguro, señorita Dashwood; además, tiene una hermosa y pequeña hacienda propia en Somersetshire; y si yo fuera usted, no se lo cedería a mi hermana menor, a pesar de tantas caídas por las colinas. La señorita Marianne no debe esperar quedarse con todos los hombres para ella sola. Brandon se pondrá celoso si no tiene cuidado».
—No creo —dijo la señora Dashwood con una sonrisa de buen humor— que el señor Willoughby vaya a verse molestado por los intentos de ninguna de mis hijas en pos de eso que usted llama atraparlo. No es un oficio para el que hayan sido educadas. Con nosotras los hombres corren peligro cero, por muy ricos que sean. Me alegra saber, sin embargo, por lo que dice usted, que es un joven respetable y cuya amistad no será desdeñable.
—Creo que es de lo mejorcito que ha pisado este mundo —repitió Sir John—. Recuerdo que las Navidades pasadas, en un pequeño baile en la finca, se pasó bailando desde las ocho hasta las cuatro, sin sentarse ni una sola vez.
—¿De veras? —exclamó Marianne con los ojos brillantes—, ¿y con elegancia, con espíritu?