le parezca.
Pero, a decir verdad, Lucy no quiso prestar atención a ese tipo de pláticas; así que le dijo sin rodeos (con un montón de cosas sobre dulzura y amor, ya sabes, y todo eso—¡Válgame! uno no puede repetir esa clase de cosas, ya sabes)—le dijo sin rodeos que no tenía la menor intención del mundo de echarse atrás, pues podía vivir con él con poca cosa, y por poco que él pudiese tener, le alegraría mucho tenerlo todo, ya sabes, o algo por el estilo. Así que entonces él se puso monstruosamente feliz y estuvieron hablando un rato sobre lo que harían, y acordaron que él se ordenaría de inmediato, y tendrían que esperar para casarse hasta que él consiguiera un beneficio eclesiástico.
Y en ese mismo instante ya no pude oír más, pues mi prima me llamó desde abajo para decirme que la señora Richardson había venido en su coche y llevaría a una de nosotras a los jardines de Kensington; así que me vi obligada a entrar en la habitación e interrumpirlos, para preguntarle a Lucy si le gustaría ir, pero a ella no le apetecía dejar a Edward; así que simplemente subí corriendo, me puse unas medias de seda y salí con los Richardson.